
Un instante,
la experiencia
de la felicidad.
Vivir aquí es caminar Buenos Aires, jugar Argentina, respirar el mundo y transpirar Sudamérica. La vida que trasciende a las palabras y que, sin embargo, se torna pensamiento que termina, inevitablemente, expresado en palabras.

Es prematuro y arriesgado.

Un poquito después de empezar a caminar, aprendí a sujetar un lápiz. Y descubrí la maravilla de trazar líneas, formas y mundos en un papel. Cuando llegó la adolescencia, me animé con el pincel. Más sensual, más suave, más rebelde. Ya bien parada en mi juventud, el aerógrafo fluyó veloz y voraz ayudándome a pintar muros y techos.
¿Cuánto más habrá que recrear? ¿De qué forma habrá que escenificar el sufrimiento para que los in-dolentes nos conmovamos ante los dolentes/dolientes? Cuánto nos impide la ignorancia entender otras culturas de nuestra misma tierra. Con los meses, la imagen se durmió. Pero cada tanto regresa como el cuadro que tantas veces boceté pero que todavía no pinté.
sábanas hacía poco tiempo estrenadas. Con toda la alegría de sus veintipico y una licenciatura sin debutar, partió hacia la isla más grande de Oceanía.
Después de unos años la mariposa voló, y ya nunca los agostos fueron en verano sino en húmedos y nublados inviernos de Buenos Aires. Un día, una persiana de metal comenzó a levantarse cada mañana y en la vidriera de la tintorería podía leerse “Nueva Hiroshima”, nombre que también significaba nueva vida, nueva familia, nuevo mundo. Pero, ¿dónde se guardan los recuerdos tan terribles? ¿Se olvidan los sueños quemados? ¿Cómo se soporta un dolor tan grande? Algunas veces quise conversar con ella. Pero siempre, luego de saludarla, miro sus ojos y sólo veo paz. Entonces sigo caminando. Evito hablar con ella, tal vez por la misma razón que invariablemente evito hablar de ciertas cosas. Quizás, porque tengo miedo de ponerme a llorar.
Levantar la cabeza, despegar la mirada detenida viciosamente en mi ombligo es un ejercicio esclarecedor. Enfocar los ojos en otras realidades y destapar los oídos a otras voces. Desde aquí, ciudad capital ensimismada en sus propias urgencias, miramos lo que sucede “más allá” a través de un velo de ignorancia, que nos oculta el verdadero sentido de los movimientos y reclamos populares. Mirar, ver y caminar entre las voces de la gente de Gualeguachú, decisiones y exigencias de una comunidad movilizada y comprometida a preservar lo que es de todos. “No somos los primeros ni seremos los últimos; es una decisión de compromiso”. escuché que decían. Eso me impulsó a seguir girando y a mirar algo más allá, más atrás, hacia mi espalda. Mi cordillera plagada de nudos y dolores, agua y metales, quiebres y esperanzas. Me iba acercando y me daba cuenta de que no todo es paz bajo el cielo argentino, un cielo que ya se ensucia con humo y exuda olor a dinamita. El explosivo rompe la roca, abre un pozo y desentraña los metales. El cianuro y el mercurio extraen la pureza y el brillo. Y los desechos contaminados vuelven a la tierra, que recibe y resiste en silencio. Y cuánto más silencio si las aves escapan de las explosiones, y las aguas ya no surgen puras, y los cultivos no crecen y los animales mueren. “Para mí el oro, para ti la miseria”. Tuve el impulso de volver a mirarme el ombligo y escapar de este paisaje. Pero escuché otras voces, palabras que traspasaron el silencio y me inspiraron: “El agua vale más que el oro”. Con esa bandera, pobladores a lo largo de toda la cordillera se llamaron a unirse y proteger lo que para ellos es más valioso. Los 3.300 metros de altura en los que está Laguna del Diamante, en plena cordillera mendocina, parecían suficientes para mantenerla alejada de los ruidos, los humos, las fábricas. Hasta que llegaron las mineras, a buscar el oro y el cobre. ¿A qué costo? ¿Contaminar una reserva de agua natural pura con cianuro? Los pobladores dijeron NO y, aquí sí, el gobierno los respaldó. No tienen el mismo apoyo en Esquel, donde ya llevan 3 años oponiéndose a una mina a cielo abierto que “ya tenía todo firmado” con las autoridades. Y por la catamarqueña Andalgalá, ¿cómo andamos? Andamos mal por allá.
El agua ya no se puede beber. Las filtraciones de cianuro contaminaron las napas y dañaron los cultivos. La miseria se extiende como un yacimiento a cielo abierto que nadie quiere ver. La cordillera me dice que lo mismo sucede en San Juan, y en Jujuy, en Río Negro y Santa Cruz. Vuelvo a mirar al cielo, y las montañas me repiten en eco “El agua vale más que el oro”. Son esas las palabras que me orientan por donde seguir el camino.
Hace tiempo que sentía extrañas molestias, nudos y dolores. No podía verlas. Una, generalmente, no se mira la espalda. Ahora están más cerca, por acá a la izquierda, murmullos y tamboriles. Pero mi cuello está tan rígido y la mirada absorta en el ombligo de mi cuerpo, centro de mi alma capitalina, que necesito esforzarme para mirar. De reojo, veo gente en el medio de un camino, a un lado del río, río revuelto. Parece que es un problema del aire y del agua…, ¿de quién? Me cuentan que hace más de dos años que intentan avisar que el agua y el aire podrían contaminarse si la industria de la celulosa avanza en la región. La sordera y la mirada seca los llevaron al extremo de cortar una ruta y un puente. Y ya llevan más de mes y medio. Trasladaron su vida a la ruta, sus sueños bajo el cielo y sus temores bajo la lluvia. El arte del equilibrio, la mesura y la urbanidad se desintegran ante la indiferencia y la imprevisión. Son ilegales, “desacataos”, como diría el comisario. Ellos se definen “autoconvocados”, llamados a sí mismos a cuidarse. Algo tan básico como la supervivencia. Me dicen que el problema es de todos, y no sólo porque ahora la Capital los miró… ¿también es mío? ¿Y del otro lado del río? La gente percibe la amenaza, los gobiernos van detrás…. A veces, ni siquiera atrás, prefieren otro camino. ¿A dónde va ese camino? En un diario del domingo, alguien planteaba que "no se había hecho un análisis económico-ambiental del conflicto”. Empecé a leer; tal vez, aportaba algo novedoso. Mi esperanza duró hasta el siguiente renglón: “¿Son los beneficios generados por estas plantas mayores que sus costos?” Seguí leyendo... “la contaminación cero tampoco es deseable si se consigue a costa de suprimir actividades económicas que generan beneficios mayores que sus costos” ...¿De qué costos hablaba? ¿Del agua, del aire, de la fertilidad del suelo? ¿Qué sensibiliza a unos y a otros? ¿Bajo qué parámetros éticos se mueven? ¿Es posible una política de estado que sólo conciba crecer y explotar recursos sin afectar el medio ambiente? ¿Es necesario que una comunidad deba alterar su rutina, dejar sus casas, arriesgarse a actuar ilegalmente sólo para recordar que tiene voz…y voto? Yo, Buenos Aires, la del cuello rígido y la mirada chupada en el anonimato del ombligo, me doy cuenta de que ni siquiera puedo verme la cintura, apretada por el inmundo lazo del Riachuelo, el Matanza, el Reconquista y el Plata.