5/03/2011

Un obrero murió esta mañana en un edificio en construcción del barrio de Mataderos. Un hombre muere, sin pensar en la muerte, cuando la pared se le cae encima. Y una mujer se queda esperando al atardecer, con el agua calentita para el mate como a él le gusta, y las tostadas, y tal vez mira el reloj y su hombre ya no va a volver a casa. El hombre sólo fue a trabajar, a buscar el dinero del día, sin pensar, sin prever que su vida era frágil y ya se terminaba, en su último día, en la obra, solo, sin abrazos ni despedidas.
Mientras tanto, en Roma, un largo debate decide que el Papa muerto hace dos años ahora es beato. Y la gente, en vigilia de días en la plaza de San Pedro, grita, salta, se abrazan y lloran de alegría, alegría tan estúpida frente a la muerte, tanto gasto inútil de comidas, bebidas y autos con choferes para hombres con sotanas que desperdician el pensamiento y la vida en decidir estupideces, el santo de los milagros no le sirve al obrero que queda aplastado bajo la pared.