7/21/2006

LOS CRUCIFICADOS DE JUJUY.
Fue por el 2002. Recuerdo que escuché la noticia por la radio. Sólo el relato de lo que sucedía. Fue rápido y conciso, uno de los tantos flashes informativos, que pasan y se van. Pero esta noticia llegó y se quedó alojada, en algún rincón de mí. Tan sólo las palabras, que me contaban cómo un grupo de pobladores de La Quiaca habían iniciado una protesta, distinta. La mayoría de ellos eran kollas. Me pregunté porqué a veces un comentario marca determinada diferencia, como en este caso, como si ser kolla no incluyera ser argentino. Impulsados, liderados, inspirados, amparados por el párroco del lugar -Jesús Olmedo-, habían decidido atarse a los postes de alumbrado, con los brazos extendidos, recreando en sí mismos a Cristo crucificado. Como no había visto fotos ni videos por la tele, al relato comencé a agregarle lo que alguna vez había conocido de aquel paisaje y lo que presentía del sol y del suelo árido y difícil. Fui bocetando, haciendo un croquis interno, construyendo las escenas con imágenes propias. Tuve el impulso de pintar un cuadro. Podía “verlos”, flameando a lo largo de calles polvorientas, atados en cruz, bajo el mismo sol que tan pacientemente pintó su piel del color de la tierra, flacos, sin dinero ni trabajo, dueños del hambre y de la resistencia. Manifestación del sincretismo, de los pueblos que reciben creencias sin desprenderse de las originales de su etnia, eligieron el símbolo universal de la cruz como lenguaje y herramienta de su descontento. A mí, que las creencias religiosas me son ajenas y que lo más aproximado a mi pensamiento es el agnosticismo, ¿por qué esta imagen de los “crucificados” me conmovía tanto? Se desperdigaba y repercutía en rincones insondables. Intentando descifrar el significado oculto, desmembré las palabras: cruci-ficados, sacri-ficados. Fijos a la cruz, fijos a lo sagrado de sus creencias y al poste hundido en la pachamama. ¿Era un fenómeno de fe? ¿O el estallido de una rebelión resignada? ¿Era desesperación? ¿Tristeza? ¿O la evidencia de la vida malograda? Habituada a la protesta que molesta y al ruido persistente, me contrariaba que eligieran un símbolo silencioso y la recreación del martirio como manifestación de su rechazo a la afrenta de cada día. En el límite de su resistencia, a punto de quebrarse, sólo con el silencio. Un silencio que se va para adentro, implosiona y deja las raíces desnudas. ¿Cuánto más habrá que recrear? ¿De qué forma habrá que escenificar el sufrimiento para que los in-dolentes nos conmovamos ante los dolentes/dolientes? Cuánto nos impide la ignorancia entender otras culturas de nuestra misma tierra. Con los meses, la imagen se durmió. Pero cada tanto regresa como el cuadro que tantas veces boceté pero que todavía no pinté.

ELIZABETH PSTYGA, 2006.

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