7/21/2006

RAICES II
Emma se fue hace 16 años, con una cantidad de equipaje que nos hacía reír, incluida una máquina de tejer de la tía, un marido con esquíes y las sábanas hacía poco tiempo estrenadas. Con toda la alegría de sus veintipico y una licenciatura sin debutar, partió hacia la isla más grande de Oceanía.
Héctor –patagónico y mapuche por corazón- se fue hace 5 años, saltando los alambres del corralito y las cacerolas sin guiso. Con los 50 ya cumplidos y dejando algunas vidas intentadas y renunciadas, con equipaje liviano, algunos libros, sus piedras fetiches, runas, tarots y la voluntad de férreo optimismo para recomenzar siempre una vez más, orientó su nave con rumbo definitivo hacia Barcelona.
Los comienzos de Emma -en Australia y en su vida- la desafiaron, con un idioma que no era el de sus pensamientos, un matrimonio que se deshacía y los cigarrillos tan caros que le fumaban los dólares. Si por desafío, si por mundo nuevo y la experiencia de la libertad, quien sabe qué la retenía allí.
Héctor -cultor de amigos- fue recibido por alguien que ya lo esperaba, en abrazos y esperanzas. Casi antes de abrir su equipaje, reinauguró su vida, aireó su alma y liberó sus ganas.
Hoy, Emma, con un dominio perfecto del inglés, un marido australiano, dos preciosas hijas –muy australianas, también- y una casa a pagar a 30 años, ya sabe que Sydney –tan limpia y moderna- es para ella la ciudad elegida.
Y Héctor, como el Goyo de la canción de Cortés, maravillado vio brotar hace un año el retoño de su semilla, tan soñado y anhelado, su primer hijo. Con un nombre puramente catalán, recordé con ironía cuando él me sugería, para mi hijo, un nombre mapuche.
A mí, porteña suburbana, me es difícil asimilar la posibilidad de hallarme tan lejos de los olores familiares y ser feliz. Pero Emma y Héctor, estirando lazos y buscando nuevas fuentes, se fueron y encontraron nueva tierra para hundir y nutrir sus raíces. No sé si mejor, si más tranquila o más fértil. Para ellos fue buena. En sus hijos, el fruto trasluce bienestar y felicidad. Sin embargo….
…hace unos días, Emma me sorprendió cuando me contó que uno de sus sueños es venir a vivir un año a Buenos Aires, anotar a sus hijas en una escuela del estado, entre el humo, el ruido y las cúpulas de Av. de Mayo, y caminar con ellas por los mismos sitios de su niñez…
Y Héctor también me sorprendió, cuando me dijo que estaba tramitando para su bebé la ciudadanía argentina, a la vez que la española. Como desde acá el primer mundo se ve tan libre de errores y horrores, le pregunté para qué. “Nunca se sabe”, me dijo, “tal vez a él le guste más allá”. Y me quedé pensando… será que nunca se pierde por completo los primeros pasos, la primera tierra, las primeras raíces.
ELIZABETH PSTYGA, 2006.

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